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DULCES DE PAPEL

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                                          Capítulo III

                                    DULCES DE PAPEL

        Reconozco que muchas veces utilizo el autobús o tranvía en vez de el coche y en los trayectos diarios han ido surgiendo amistades con las que he compartido conversaciones e incluso pequeños detalles. A veces he llegado al trabajo con botes de mermelada casera, miel, olivas partidas  o dulces que me habían regalado e incluso yo he llevado brownies o galletas para compartir con mis amigas.

        Aquella mañana tenía un juicio en la Audiencia Provincial  y no me daba tiempo a pasar por el despacho, así que dudé en aceptar un trozo de tarta casera de almendra con merengue pero dado que me la habían traído expresamente para mí, no podía hacer el feo. Venía ya  en un recipiente de plástico que supuse hermético, así en que la metí  con cuidado en mi bolso maletín.

        Allá que me fui al juicio con mi tarta y tras sentarme en estrados junto a otros cuatro compañeros  y meter la mano para sacar el expediente noté algo pegajoso. El recipiente donde iba la tarta no estaba bien cerrado y  había ido soltando almíbar poco a poco. Los papeles estaban almidonados por el azúcar y se me iban pegando a las manos. La abogada que tenía a mi lado me miraba sorprendida  y al ver mi situación me pasó su botella de agua por debajo del estrado. Mojando pañuelos de papel conseguí estar un poco menos pegajosa, aunque cada vez que tocaba un papel todo volvía a empezar. A pesar de todo conseguí que el juicio saliera bien. Mi cliente quiso darme la mano al despedirnos pero me excusé como pude  para no empringarlo también.

        Ya en mi despacho fui sacando todo lo que había en el bolso maletín, que se me había echado a perder y lavé con jabón de manos el monedero de tela y los billetes, que estaban como plastificados por el almíbar. Los tendí encima de una planta para que se secaran y cuando vi la tarta causante de aquel desaguisado me dirigí al cubo de la basura para tirarla pero  me lo pensé mejor en el último segundo y cogiendo una cuchara me senté en mi escritorio, puse los pies sobre la mesa  y me la comí saboreándola lentamente. Total, ya no podía hacer otra cosa.

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