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La Duda

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Brindis

                                        

Esa mañana Valeria se despertó con ganas de mandarlo todo al carajo. Se preguntaba si veinticinco años de ejercicio como abogado habían valido la pena.

La verdad es que cuando decidió empezar la carrera de Derecho no era lo que más le atraía. Ella hubiera querido ser arqueólogo, con especialidad en Egiptología, pero en España había pocas posibilidades de realizar su sueño, así que por consejo de su padre se metió en una carrera “con muchas salidas”.

Realmente no le pareció tan mala idea hasta que empezaron a atragantarsele algunas asignaturas, especialmente Internacional Público. Menos mal que al final consiguió terminar sus estudios, aunque pensó muchas veces en arrojar la toalla y estuvo a punto de dejarlo todo a un paso de la licenciatura. Preparó por un tiempo oposiciones pero lo dejó porque  soñaba con ser un abogado al estilo de las películas, con una vida intensa.

 El Derecho en España no es como el americano y la rutina fue instalándose en su vida. Los casos no eran tan importantes ni mediáticos  ni se ganaba tanto como creían los demás.  Se volcaba en sus clientes. A pesar de la manida frase de “es que tengo un abogado de paga y me llevará mejor mi asunto” ella trataba exactamente igual a los clientes privados  y a los asignados por el Turno de Oficio.

 Aunque estaba especializada en Familia le gustaba hacer las guardias de Penal y celebrar los juicios. Esos momentos eran lo que le daban vida. Recordaba con satisfacción cuando ganaba un caso. Un subidón de adrenalina y la sensación de estar haciendo las cosas bien , aunque a veces su conciencia le decía que muchos no se  lo merecían . 

Los clientes no solían ser muy agradecidos. Si ganabas el caso “era tu obligación” y ni lo perdías “era tu culpa”. Ese sambenito te acompañaba siempre, aunque no dependiera de uno el resultado. Recordó el primer regalo que le hicieron. Consiguió que absolvieran en apelación a una chica gitana acusada de un delito de hurto. Ella le regaló seis pares de bragas “tamaño familiar”, de las que tenía para la venta ambulante, “para que tuviera para la muda de la semana”. Agradeció el detalle y dado que le venían grandísimas hasta a su madre, resultaron unos excelentes paños para limpiar cristales.

 En otra ocasión una cliente le llevó al despacho por Navidad una botella con formas  sinuosas. Lo que todavía no tiene claro es si aquella sabía que lo que le regalaba era vinagre y no vino blanco.

Y quizás lo que más le llegó al corazón fue el detalle que le hizo una chica brasileña a la que habían detenido mientras pasaba unos días en España  antes de volver a su país .La acusaban de haber cogido un dinero de la casa en la que estaba hospedada. La echaron de allí y pasó dos semanas en una pensión hasta que se celebró el Juicio Rápido y fue absuelta. En agradecimiento y antes de regresar a su país fue a su despacho y le regaló dos rosas rojas y un tucán de madera. Las rosas se ajaron al día siguiente pero la figura la colocó en un lugar destacado junto con la carta que le  escribió dándole las gracias por haberse preocupado tanto por su caso y conseguir que la absolvieran. Esas fueron las tres únicas ocasiones en casi veinticinco años que le valoraban su trabajo.  Sabía que no había ninguna obligación de hacerlo pero ese tipo de detalles te alimentan  el alma.

Esa mañana estaba muy revuelta. Le ocurría cada cierto tiempo. Sabía que le había pasado en otras ocasiones y que probablemente fuera pasajero, porque si dejaba la profesión ¿a qué se iba a dedicar?. Le gustaba la sensación de libertad que daba no recibir órdenes de nadie y tener un horario flexible pero por otro lado era una incertidumbre no tener unos ingresos fijos todos los meses. Si dejaba la abogacía ¿qué haría?. Lo había pensado muchas veces. Había escuchado la historia de abogados que lo abandonaron todo y ahora eran más felices. Sin ir mas lejos, aquel compañero de carrera que tras muchos años ejerciendo y con una clientela fija como para vivir con suficiente desahogo, tras pasar una depresión había dejado de ejercer y ahora regentaba una tienda de ropa en una ciudad costera junto con su mujer consiguiendo recuperar la alegría. Cuando le preguntabas como le iba te sonreía y decía que nunca había estado mejor. O aquel otro que tras el agobio de pleitos continuos y la presión de trabajar para una aseguradora lo dejó todo para dedicarse a las terapias alternativas. No gana tanto dinero pero dice que su paz mental no tiene precio.

 A ella hasta se le había ocurrido dedicarse a la repostería, que era su especialidad y con lo que disfrutaba muchísimo. Cuando estaba estresada o enfadada, se encerraba en su cocina y empezaba a preparar dulces. La verdad es que cuanto mayor era su furia mejor salían los pasteles. Pensaba que estaba “estrujando el cuello” de alguien y descargando la ira que sentía. Sus amigas le decían en broma que se enfadara más a menudo, que entonces todo estaba más bueno y esponjoso. Aquel era su laboratorio, y expresaba con sus manos lo que quizá no dejaba salir su boca. Su profesión le producía una sensación de amor-odio y a veces hubiera querido dar marcha atrás al reloj hasta aquel día en que decidió estudiar Derecho y cambiar de facultad rumbo a un futuro incierto pero quizá más feliz. ¿Qué hubiese pasado si en vez de abogado hubiese sido arqueólogo?. Probablemente daría clases en un instituto o en la universidad o tal vez hubiera participado en interesantes excavaciones, dándole ese punto de aventura que siempre le pidió a la vida. Eligió el camino más recto y ahora se encontraba en aquella encrucijada.

         Se levantó de la cama y se preparó para ir a trabajar. Ese día tenía un juicio penal. Era jueves y había mercadillo. Le encantaba pasear entre los puestos aspirando el aroma de las frutas y verduras frescas. A primera hora de la mañana todo olía a naturaleza y a vida en plenitud. Era una rutina que mantenía desde hace años y que le trasladaba a su niñez. Llegó al Juzgado y entró en el hall laberíntico. Saludó a los guardias de la entrada y charló un par de minutos con una compañera sobre un asunto en el que eran contrarias. Recogió una toga y fue a la puerta de la Sala. Allí estaba su cliente esperándola. Había venido con su novio y con un bebé de pecho y, la chica, con la mayor naturalidad del mundo y mientras charlaban, se sacó un pecho tres tallas mas grande de lo habitual para darle el  desayuno en pleno pasillo del Juzgado, ajena a la decena de personas que esperaban a su alrededor. Repasaron las preguntas y tras un retraso “moderado” de cuarenta minutos entraron en Sala. Era un caso en que se apreciaba una duda razonable. Tras su celebración el Juez dictó Sentencia “in voce” absolviéndola.  Esas eran las cosas que le hacían sentirse bien.

Le vino a la cabeza  aquel día de  hacía muchos años cuando a su hijo, que entonces tenía siete años, le preguntaron en el colegio la profesión de  su madre y éste con orgullo contestó:

“Mi mamá saca a los ladrones de la cárcel”. No iba del todo desencaminado.

Antes de marcharse del Juzgado le apeteció dar una vuelta por aquellos pasillos que había recorrido durante años. Se entremezcló con la gente que venía a los juicios,  se cruzó con funcionarios y compañeros de profesión, muchos de ellos con las togas puestas, que les envolvían como una armadura y les daba cierto aire de superioridad y a la vez de ave rapaz. Había muchos tipos de abogados y no sabía si ella quería seguir formando parte del gremio.

Con tantas dudas en la cabeza decidió que lo mejor era quedar con sus amigas para comer. Esa era la mejor terapia. Casi todas las semanas se reunían las seis y ese rato era especial. Sabías que lo que allí se decía, allí se quedaba. “Lo que pasa en Las Vegas se queda en las Vegas”. Podías pensar en voz alta con total libertad sin miedo a ser juzgada.

Lucrecia, Aldara, Sharon, Minerva, Carolina y Valeria no podían ser más diferentes. Todas ellas se dedicaban de una manera u otra al mundo del Derecho, pero su lazo común era una amistad desinteresada y sincera que cubría todas sus diferencias. Cuando estaban juntas se reían, se desahogaban, lloraban si hacía falta, se soltaban burradas y volvía cada una a su casa o a sus ocupaciones con las pilas recargadas.

Quedaron a comer en un restaurante japonés muy céntrico. Valeria había llegado la primera, ya que estaba cerca de su despacho. A los cinco minutos llegó Lucrecia y al verle la cara preguntó  qué le pasaba. Treinta años de amistad dan para mucho y a la primera frase y viéndole la cara sabía que algo no iba bien. Enseguida llegaron Aldara, Minerva, Carolina y  Sharon y también preguntaron qué ocurría.

–Nada, dijo Valeria, que quiero dejar el trabajo. Estoy harta de todo y creo que no vale la pena seguir. –¡Vaya, ya tenemos la crisis anual de vocación!, dijo Lucrecia. A mi me dio hace dos meses, pero ya la tengo superada , hasta que llegue la siguiente, claro. Es totalmente normal. Estamos sometidos a mucho estrés y no siempre nos salen las cosas bien. Pero,¿a qué nos íbamos a dedicar?. Siempre hemos trabajado en esto.

–El Derecho es bastante duro, dijo Aldara. Hay días que te llevas los problemas de los clientes a la cama e influyen incluso en tu vida familiar pero no por ello deja de ser satisfactorio cuando absuelven a tu cliente o consigues ganar su caso.

–Eso es cierto, dijo Sharon. Somos humanos y no siempre estamos del mismo humor. El otro día un cliente me sacó de quicio y estuve a punto de decirle que cogiera sus papeles y se fuera a buscar a otro abogado que le aguantara sus manías  pero algo me contuvo y me comporté civilizadamente , lo cual no era mi intención original. Sabéis que esta profesión es muy dura pero al mismo tiempo nos da la posibilidad de hacer mucho por las personas.

–¿Quien de nosotras  no tiene un apartado de clientes de “ no pago”? A veces parecemos ONG andantes, dijo Carolina. Todas corroboraron ese comentario.

–Nuestra profesión nos permite ayudar a muchas personas, comentó Minerva y  lo hacemos  desinteresadamente.

Valeria pensó en ello. Tenía varios clientes a los que les había hecho gestiones gratis porque sabía que no podían pagar un abogado. Le gustaba ayudar a los demás, eso era cierto, pero también tenía que cubrir gastos y no siempre le resultaba fácil llegar a fin de mes.

–Venga, que es solo un mal día, mañana ya se te habrá pasado y más después de que hoy te vamos a obligar a tomarte un par de copas, le dijo Aldara.

–Si, que serán más que suficientes para emborracharte, comentaron las demás, dada la poca tolerancia que tienes al alcohol. Todas rieron y brindaron por los buenos momentos juntas y los que todavía estaban por llegar.

Para quitar importancia al malestar de Valeria empezaron a contar chascarrillos de Juzgado y cada uno que contaban daba pie a uno nuevo iniciando una muy amena conversación:

–Chicas,¿habéis leído la noticia de que a una de las protagonistas de Moderm Family la han demandado sus embriones congelados porque quieren nacer?. Estos americanos están como una chota. Si, y encima tienen nombre: Emma e Isabella. Y como el estado de Luisiana es pro-vida, los embriones tienen personalidad jurídica y pueden exigir sus derechos. Está claro que por en medio hay intereses económicos. A ver cómo acaban.

–Yo estuve leyendo el otro día que en Estados Unidos hay un premio llamado “Stella” que se da a las demandas más absurdas  y no tiene desperdicio, dijo Valeria. Creo que el nombre se le dio a raíz de la señora octogenaria que ganó una demanda a McDonald, por haberse quemado con el café derramado de una de sus tazas de papel. En primera instancia le concedieron 2.9 millones de dólares y en apelación se le rebajó a 600.000 dólares. Lo curioso es que ella se quemó cuando se puso el café entre las piernas y puso el coche en marcha, derramándose el vaso en la primera curva. Desde entonces es obligatorio que pongan en las tazas que el liquido está muy caliente y que puede quemar.

–Si, es cierto, hay cada caso que da risa, comentó Minerva, pero como te condenen te dejan amargado para mucho tiempo. Allí no hay limite de indemnización y eso da mucho miedo.

–Yo oí el caso de una señora que demandó a su sobrino de ocho años porque en su cumpleaños saltó encima suyo para darle un abrazo y acabaron los dos en el suelo, dijo Sharon.  Ella se rompió una muñeca y solicitó 120.000 dólares de indemnización. Perdió el caso y alegó que ella demandó por exigencias de la compañía de seguros. La relación familiar ya no volvió a ser la misma. Creo que ya no la volvieron a invitar a ningún acto familiar nunca más.

–¿O el chico de diecinueve años que recibió 74.000 dólares de indemnización porque su vecino le había pasado con el coche por encima de su mano?,comentó Aldara. Si, sería normal si no fuera porque estaba robandole los tapacubos al vecino y no se dio cuenta que el coche se ponía en marcha.

Creo que una de las más fuertes, dijo Carolina,  es la del ladrón que aprovechó para entrar a una casa cuando sus propietarios estaban de vacaciones. Fue al garaje a ver que encontraba y al intentar regresar a la casa la puerta se cerró. Estuvo ocho días encerrado en el garaje alimentándose de Pepsi y comida para perros. Cuando llegaron los dueños, vaya sorpresa que se encontraron. Y el ladrón, ni corto ni perezoso demandó al propietario por los daños morales que sufrió por el encierro. Lo inaudito es que ganó una indemnización de 500.000 dólares. Alucinante.

         En  España no hay peticiones tan absurdas dijo Lucrecia, o por lo menos nuestros Tribunales hacen una criba antes de admitirlas, archivando muchas de ellas. Eso se llama sentido común.

¿Habéis oído el caso de aquel hombre que tras cinco días sin sexo denunció a su mujer por trato indigno y posible delito de maltratro doméstico ante el Juzgado de Guardia de su ciudad? dijo Sharon. Si hubiese sido en Estados Unidos seguro que la habrían admitido y encima con indemnización por daños morales.

Me estoy acordando de otro que también fue archivado, comentó Minerva. Un señor estaba harto del gallo de su vecino que no le dejaba dormir, pues se ponía a cantar todos los días a las seis de la mañana. Un día que no pudo pegar ojo en toda la noche, se fue al cuartel de la Guardia Civil a poner una denuncia. Como no prosperó por esta vía, el señor tuvo una idea mejor. Habló con el vecino y le pidió comprarle el gallo. La verdad es que le salió un poco caro, pero aquel domingo la familia comió un estupendo cocido, con un ingrediente poco habitual. Fin del problema. Todas se echaron a reir.

–La verdad chicas, es que gracias a estos ratos con vosotras me he replanteado que nuestra profesión no es tan aburrida y que vale la pena y por ahora seguiré en ella. Habrá días mejores y peores pero  podré contar con vosotras cuando surja la duda. Y si no, siempre podré dedicarme  a la repostería profesional…

Salieron a la calle y se despidieron hasta la semana siguiente. Empezaba a lloviznar. Valeria aspiró el aroma de la lluvia que ascendía de las baldosas mojadas. Siempre le reconfortaba sentir el olor de la tierra húmeda que le trasladaba al pasado y le hacía recordar sus tiempos felices de su infancia. Pensó que después de todo quizá no había equivocado la profesión.

Mientras volvía a casa recordó un caso que se le había olvidado comentar a sus amigas:  Un senador americano demandó a Dios por no evitar las catástrofes naturales. Decía que había intentado ponerse en contacto con él por medio de la oración para que terminaran los terremotos y huracanes, pero que éste no le había hecho caso. Pedía incluso una medida cautelar para que dejara de provocar desastres. Este solo quería demostrar que en su país cualquiera puede demandar por muy absurdo que sea el motivo. La demanda fue admitida, pero unos meses después se procedió a su archivo.¿La razón?: No hubo forma de poder notificar al  demandado por falta de domicilio conocido.

¡Hasta Dios se salvó por un tecnicismo legal!

      MªCarmen Llopis Fabra- Abogado

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