Avenida Oscar Esplá nº 27, entlo B. 03007-Alicante
653 3 216 91
mllopis-fabra@icali.es

Un manitas con muchas leyes

Created with Sketch.

Premio Accésit XV Concurso Creación Literaria Colegio de Abogados de Alicante

                             UN MANITAS CON MUCHAS LEYES

            Conocí a Hakim un día que vino a mi despacho para arreglar unos desperfectos. Me llamó la atención su porte distinguido y sus modales suaves. Le había llamado tras ver un anuncio pegado en una farola que decía “Manitas a domicilio. Precios económicos”. Quizás por la humedad o la falta de mantenimiento se habían caído varios azulejos del baño y otros tantos amenazaban con lanzarse a la carrera detrás de ellos. Vino a darme presupuesto y a empezar lo antes posible si lo aceptaba. Me ofreció un precio bastante ajustado y le dije que podía empezar cuando quisiera. Dado que los azulejos no se habían roto no había que ir a buscar material, solo pegar los sueltos y sanear la pared abombada, lo que no le llevaría más de unas horas.

Quedamos en que volvería al día siguiente y puesto que yo no tenía señalamientos estaría para cualquier cosa que surgiera. A las nueve en punto sonó el timbre del interfono y subió rápidamente las escaleras. Me dio los buenos días y fue directo al baño para empezar la reparación.

Vestía un vaquero y una camisa azul remangada por el codo. La ropa le sentaba como un guante. Su pelo rizado estaba fijado con gomina. Parecía más que se hubiese duchado y arreglado para salir un viernes noche a tomar una copa que para venir a arreglar un viejo cuarto de baño. No tendría más de treinta años y era indudablemente atractivo, con una mezcla de belleza árabe y griega, como si un cóctel de razas se agolparan en su sangre desde generaciones,  pero su mirada parecía la de un anciano, triste y profunda, como si la carga del mundo recayera sobre él.

En un español casi perfecto pero con marcado acento me dijo que podía volver a mis ocupaciones, que él me avisaría si necesitaba algo o cuando estuviera todo acabado. 

Regresé a mi despacho a seguir con la demanda que tenía entre manos, mientras escuchaba de fondo el leve ruido de picar la pared y rascar los restos de cemento cola de los azulejos que iban a ser recolocados.

Enfrascada como estaba en mi trabajo, no me di cuenta de que golpeaban levemente la puerta con los nudillos y que Hakim me pedía permiso para entrar.

Perdone ¿puedo pasar?, claro, le contesté. Tengo que ir a comprar una cosa a la ferretería, serán solo quince o veinte minutos. El tiempo que necesites, hombre, le dije.

 Vi que sus ojos recorrían mi despacho y la llamativa biblioteca que tapizaba la pared de punta a punta y de abajo a arriba.  Se combinaban los libros antiguos con los modernos en estanterías paralelas creando un conjunto armónico que hacía que aquel que entrara desviara instintivamente la vista hacia allí.  Los ejemplares antiguos habían pertenecido a un tío mío , también abogado, que cuando se jubiló me los regaló  y los nuevos eran todos los que yo había comprado a lo largo de veinte años de profesión. La librería también era suya y mezclada con los muebles modernos le daba un aire ecléctico que llamaba mucho la atención.

Hakim se había quedado mudo recorriendo con la mirada los títulos de los libros y tuve la sensación de que por breves segundos su mente estaba muy lejos de allí. Después de unos instantes volvió a la realidad, bajó de su nube y con los ojos vidriosos dijo que no tardaría.  Regresó exactamente a los veinte minutos y volvió a su trabajo sin decir palabra. Terminó esa misma mañana, haciendo un trabajo impecable, dejándolo todo limpio y recogido . Ni tuve que pasar la escoba. Le pagué lo acordado y le di una propina  pues me había quedado muy contenta por como había quedado el baño y le dije que le volvería a llamar para cualquier otro arreglo.

Antes de que se marchara no pude evitar hacerle una pregunta, me rondaba por la cabeza desde que había entrado en mi despacho y recorrió con la mirada la biblioteca. Era como si algo le fuera familiar y hubiera recordado cosas lejanas.

Disculpe Hakim, quizás es meterme en lo que no me importa, pero podría preguntarle a que se dedicaba Ud antes. Quizás sea demasiado curiosa, pero me gustaría saberlo.

Puede Ud preguntar lo que desee, no me molesta en absoluto. Yo también fui Abogado, contestó bajando la cabeza y con un hilo de voz. La guerra en mi país, que ya va para cinco años,  me impidió seguir ejerciendo y tuve que  marcharme  como le ha pasado a millones  de mis compatriotas. Gracias al apoyo de un amigo español que conocí hace años  en uno de mis viajes de estudios, pude venir a  España . No he podido convalidar mi título y tengo que trabajar en lo que me salga para sobrevivir. Me encontraba ante un colega de otro país que no podía trabajar en lo que le había costado largos años de estudio y que tenía que hacer chapuzas para poder comer.

Dado que se había hecho la hora de la comida y que podía permitirme un rato de descanso, le pregunté a Hakim si tenía algún compromiso para comer. Me dijo que no y me ofrecí a invitarle para que pudiéramos hablar un rato más como colegas. Se quedó muy sorprendido pero aceptó, siempre que fuera él el que pagara. A final quedamos en que la cuenta iría a medias.  Fuimos a un acogedor restaurante que tenía un asequible menú diario y nos sentamos en una mesa más bien apartada del bullicio típico del mediodía en una ciudad.

Estaba algo nervioso, lo que menos esperaba él ese día era acabar comiendo con la persona para la que estaba trabajando. Escondía sus manos estropeadas, procurando enseñarlas lo menos posible. Apoyadas en su piernas , debajo de la mesa , las miraba  y por un instante cayó en la cuenta de que no las reconocía.¿ Qué había sido de esas manos exquisitas, finas, de dedos largos y ágiles, de piel blanca y uñas sonrosadas?. Ahora eran ásperas y tostadas por el dorso, con ese color arcilloso que adquiere la piel cuando es expuesta largo tiempo a las inclemencias del tiempo y a trabajos duros. Las uñas astilladas y los callos de sus palmas no parecían formar parte de él.

Le devolvió a la realidad la voz del camarero preguntándoles qué iban a beber y dejándoles la carta sobre la mesa. Hakim no sabía qué pedir, ya no estaba acostumbrado a comer fuera y dudaba entre los platos que se le presentaban. Me fijé en su cara y le comenté lo que solía estar mejor en ese restaurante, porque comía con frecuencia allí. Pedida ya la comida se produjo un momento de silencio cortante entre nosotros. Noté su incomodidad y rompí el hielo hablando de la demanda que tenía entre manos y que me llevaba de cabeza. Era un caso sobre dos fincas que  habían pertenecido al mismo propietario y  cuya venta se había realizado con un apretón de manos , un pacto de caballeros, como antiguamente se hacía en cuestión de tierras,cuya palabra de venta  era sagrada y que no había llegado a formalizarse en  escritura pública por el fallecimiento de una de las partes. Los años habían ido pasando y a pesar de que mis clientes tenían la posesión, los herederos de la otra parte ponían mil inconvenientes para escriturar . Al comentarle el caso los ojos de Hakim volvieron a brillar. Se despertó el abogado que llevaba dentro y empezó a darme consejos de cómo enfocar el tema. Las palabras salían de su boca sin parar, parecía que el engranaje de su mente legal se había puesto en marcha. Me comentaba casos parecidos que él había tenido  y aunque no era la misma legislación, sus ideas frescas aclararon las dudas que tenía sobre el caso.

Cortó la conversación la llegada del camarero con los platos y bajando los ojos se disculpó por tanta verborrea y por meterse en lo que no le importaba. Yo le dije que no me había molestado en absoluto sino que más bien me había dado ideas para mi demanda y que le estaba muy agradecida. Que se notaba que llevaba el Derecho en la sangre y que era una pena que no pudiera seguir ejerciéndolo. Empezamos a comer y mi curiosidad excesiva me llevó a preguntarle por la situación en su país y como había acabado en España.

 Hakim suspiró y con la mirada perdida, como si se dispusiera a hacer  el resumen de una película, de la que sin quererlo era el protagonista,  me empezó a contar  su triste historia:

– No podía olvidar su ciudad natal,  todo lo que había dejado  atrás y  como su tierra , tal y como lo conocía  había desaparecido. Recordaba como era todo antes de la guerra. Había nacido en las afueras de Alepo , al norte de Siria. Era hijo de agricultores y, acostumbrado al campo, disfrutaba al atardecer de la vista que ofrecía la plantación  familiar de pistacheros. Le gustaba verlos florecer en verano y como cambiaban por completo el aspecto del valle, que pasaba de un verde intenso al rojo bermellón del vino. Pensaba para sus adentros que había gran similitud entre ese árbol y el hijo de un campesino, pues de todos era sabido que no ofrecía fruto alguno en los primeros diez años, pero que luego podía tener más de cien años de fecundidad. Añoraba la época de la abundancia, las reuniones familiares o cuando venían invitados, donde la generosidad del anfitrión se medía por la cantidad de alimentos que había en la mesa y siguiendo una antigua norma de hospitalidad, se tenía que servir  el doble de comida de la que se esperaba que consumieran.

Hasta que todo se desvaneció. Los abusos del ejercito de Bashar al Assad, junto con el nacimiento de diversos grupos insurgentes contra el gobierno provocaron el estallido de una guerra civil y lo que parecía temporal, se convirtió en un conflicto sangriento que lejos de acabar amenaza con empeorar aún más.

Un día llegó del despacho y no encontró a nadie en su casa .Se extrañó que su madre no estuviese a mediodía preparando la comida. Por un vecino se enteró de que sus padres habían muerto en un atentado en un mercado de Alepo.  El shock fue tan grande que estuvo vagando por los campos, casi sin dormir, con la mente embotada, sin saber qué hacer.  La explosión había sido tan fuerte que ni siquiera tuvo la oportunidad de enterrarlos.

El país degeneraba a ojos vista .Hacía varias semanas que no había luz en su casa y en muchas zonas rurales no se había reparado el tendido eléctrico desde hacía más de seis meses. El sistema de regadío había sido destruido y los campos ya no se regaban, agostando las cosechas. La hambruna era cada vez mayor.

Solo y sin ningún familiar directo a quien acudir decidió ponerse  en contacto con Roberto, un amigo español, al que había conocido en un viaje de estudios. Este, que estaba informado de la situación del país por la televisión  le ofreció su casa sin dudarlo. Hakim, haciéndose poco a poco a la idea, comenzó a considerar la posibilidad de abandonar el país y dirigirse a España. Todos los días caían bombas y se escuchaba el crepitar de las ametralladoras. Los que habían perdido su casa y no se querían marchar , encendían una hoguera en lo que antes era su salón  y se cubrían  con una manta  al amor del fuego  y soñaban que todo aquello era un sueño.

Se levantó un día y decidió con todo el dolor de su corazón que se marcharía de allí. Solo llevaría lo que pudiera meter en su mochila. Sabía que todas las pertenencias que su familia tardó años y mucho trabajo en poder reunir serían irremediablemente pasto del saqueo. Cogió las escrituras de propiedad de la casa y las tierras , con la intención de volver un día y reclamarlas cuando acabase la guerra; luego se pasó el resto de la tarde sentado en el tejado de su casa, contemplando por última vez el atardecer rojizo como un lejano incendio que hacía  destacar los contornos de las montañas que le vieron nacer, hasta que se fue apagando poco a poco con la oscuridad del horizonte, donde contrastaba el último lamento de luz del atardecer con el brillo de la primera estrella.

A la mañana siguiente, con la luz del alba, recogió su mochila, cerró la puerta de su casa y comenzó a andar hasta la estación de Alepo, de la que distaba seis kilómetros. Conforme se iba acercando a la ciudad, el camino se iba llenando de gente, que al igual que él, llevaban sus pertenencias en fardos y mochilas. Comenzaban a oirse las primeras ráfagas de ametralladoras y cada cierto tiempo alguna explosión de granadas o morteros.  Al llegar a Alepo observó que  la gente se apelotonaba en las calles que desembocaban en la estación de autobuses. Un grupo de hombres comentaba en voz alta que venían de la estación de tren . Las vías habían sido dañadas  a causa de una explosión   y tardarían unos días  en repararlas. Solo se podía salir de la ciudad por carretera. La gente se apelotonaba en los autobuses empujándose unos a otros e incluso tirando de los que ya estaban encima para ocupar su lugar. Los vehículos escaseaban y nadie sabía durante cuanto tiempo estaría la carretera operativa antes de que un bombardeo la destruyese.

Supo que allí no había nada que hacer , así que se dirigió más al norte , a otra estación más pequeña, esperando que no estuviera tan concurrida. Se tranquilizó al ver que había menos gente pero al acercarse se fijó en que los soldados hacían registros y  pedían la documentación a la gente que subía al autobús, asegurándose  de que nadie estuviera escuchando música, de que las mujeres llevaran el velo y de que fueran acompañadas por un hombre.

Le  llamó la atención una mujer que le hacía señas para que se acercase desde la esquina de un callejón. Tenía la cabeza cubierta  pero sus grandes  ojos negros destacaban con una profundidad extrema.  Esta se adentró en la callejuela esperando que le siguiese. Por un instante pensó en no hacer caso no fuese  algún ladrón o una emboscada,  pero algo suplicante en los ojos de la mujer le hizo sentir que no debía preocuparse. Acercándose con prudencia entró en el callejón y percibió un siseo desde detrás del arco de un portal. La mujer tenía un dedo en los labios pidiendo silencio. Necesito que me ayudes, le dijo en voz baja.Tengo que salir del país , no tengo familia, he de cruzar la frontera y viajando sola seguro que me detendrán. Necesito un acompañante. Ya se que es muy atrevido lo que he hecho, pero estoy desesperada. Si viajo sola puedo acabar en manos de los soldados y eso puede ser terrible.

  El ir acompañado de esa mujer podía traerle problemas, pero no podía abandonarla a su suerte. Eran tiempos donde los convencionalismos y tradiciones tenían que quedar atrás y donde se luchaba por simplemente sobrevivir .Le preguntó su nombre. Me llamo Sara, y yo Hakim, contestó él. Tenemos que marcharnos lo antes posible de aquí, te harás pasar por mi esposa. No te quites el velo en ningún momento, intenta andar unos pasos por detrás de mi y no levantes la vista del suelo. No debemos levantar sospechas. Se encaminaron al autobús con el estomago encogido por los nervios. Un soldado con una gran cicatriz que le cruzaba la mejilla revisó sus documentos, les miró a la cara y demorándose un poco más de lo debido en las facciones de Sara les  pidió unos billetes para dejarlos subir. Sabían que ese era un chantaje habitual y los pagaron sin rechistar. No  le gustó nada la manera en que aquel soldado se había fijado en la mujer.  Ya en el autobús, aguantando la respiración, esperaron el momento en que este se pusiera en marcha. Cuando ya parecía que iban a partir, aquel soldado de la cicatriz volvió a subir y paseó lentamente por delante de todos los asientos, se dio la vuelta, escupió en el suelo y se bajó. El autobús empezó su marcha con movimientos violentos a causa de los baches y cascotes de la carretera. ¿A dónde te diriges? preguntó. A España, dijo ella. Yo también contestó él. Este autobús va hasta la frontera turca. Una vez allí había pensado dirigirme a Grecia y en barco hasta Italia y de ahí a España, en concreto a Alicante. Creo que es la ruta más segura. Yo también quería ir a España pero no tenía claro cómo llegar, contestó Sara. Ella le contó que su familia había muerto en un bombardeo , que tenía una amiga que trabajaba en Madrid a la que había conocido en un viaje de estudios  y que le había ofrecido su casa. Pensó por un instante en las coincidencias entre ellos , quizás solo fuera una mera casualidad. Bueno, parece que llevamos el mismo camino le dijo. ¿Has estado alguna vez en Madrid? Ella contestó que no , pero que su amiga siempre le hablaba del Parque del Retiro y como le gustaba ir todos los domingos a pasear por él o a hacer deporte, así que tenía  muchas ganas de conocerlo.

 Había controles por todas partes, los paraban  una y otra vez . A mediodía llegaron a Termanin, por lo visto el día anterior hubo un atentado y estaba lleno de militares , tras pasar varios controles más pudieron llegar a la estación, allí les hicieron bajar del autobús y les registraron el equipaje. Les dijeron que la frontera con Turquía estaba aún cerrada y que tendrían que permanecer allí unas horas o quizás hasta el día siguiente. Se alejaron de la estación sin perder de vista el autobús y se sentaron en el jardín reseco que había delante de una casa. Sacó de su mochila un trozo de pan y otro de queso y se los ofreció a Sara. Imagino que tendrás hambre .Hace dos días que no he comido nada, dijo ella aceptando la mitad y devorándolos con desesperación. La bolsa de comida que llevaba le había sido robada por otras personas que también huían y al querer quejarse la amenazaron con decirle a los soldados que viajaba sola. Ante tal amenaza no tuvo más remedio que callar y aguantar como pudo el hambre que le corroía las tripas.

¿Qué piensas hacer en España?, le preguntó. Buscar trabajo y empezar una nueva vida , lejos de todo esto. Espero que mis estudios de Traducción e Interpretación me sirvan de algo.  Sara tenía una forma de mirar que le desconcertaba, parecía que pudiera leer sus pensamientos y eso le intimidaba un poco, pero al mismo tiempo en lo más profundo de sus ojos negros se adivinaba una sombra, esa mirada triste que te deja la vida cuando has perdido la esperanza, cuando ya no crees en nada ni en nadie y has perdido la fe y ya solo te queda vivir sin más.

Se acercaron a la estación a preguntar y les dijeron que la frontera ya estaba abierta , que dejaban pasar a cuentagotas , siempre que fuera solo de paso y que el autobús saldría en una hora. ¿ Te apetece dar una vuelta por los alrededores para estirar las piernas? Estaremos muchas horas sentados en el autobús.

Sara aceptó. Se estaba creando una complicidad entre ellos y cada vez que la miraba a los ojos le invadía una sensación tremenda de paz.

Comenzaron a andar por unas calles llenas de escombros y edificios derruidos , con gente viviendo en ellos y teniendo como mascotas una manada de ratas del tamaño de conejos , esperando cualquier vestigio de comida para lanzarse a devorarla en segundos. Vieron a dos niños apartando todo lo que flotaba en la superficie de un charco para después beber con las dos manos, intentando no coger la sustancia negruzca del fondo. Otras personas hacían una especie de sopa con hojas caídas de los árboles en una olla puesta sobre una fogata . Era un espectáculo desolador. Vio desde lejos la llegada un camión que vendía comida  de forma clandestina . Pensó en comprar algo para el resto del viaje .Observó a dos hombres pelearse , acudiendo dos más que comenzaron a golpear a otro y  a darle patadas en el suelo. Parecía  que había intentado robar comida. 

Le dijo a Sara que no se moviera de donde estaba, al amparo de un almacén abandonado y  que iba a intentar conseguir algunos víveres . Ella le tomó de la mano y le dijo que tuviera mucho cuidado, que estaba todo muy revuelto. No tenía que temer,  regresaría enseguida. Se acercó al camión y le dijeron que ya no les quedaba nada, pero que a dos manzanas de allí había otro vehículo con alimentos. No le hacía gracia alejarse tanto del autobús pero el viaje duraría varios días y algo tendrían que comer. Aceleró el paso pensando que hacía lo correcto porque no sabían que iban a encontrar al cruzar la frontera.  Sara le esperaba en la puerta del almacén cuando aparecieron dos militares en un jeep. No tuvo tiempo de resguardarse. Reconoció a uno de ellos, era el de la cicatriz que le cruzaba la cara y que les había pedido dinero para dejarles subir al autobús. ¿ Qué haces aquí tan sola, te ha dejado tu hombre? .No, contestó ella. Ha ido a comprar comida y está a punto de regresar.  ¿ Por qué no subes al coche y nos damos una vuelta le dijeron? No, prefiero quedarme aquí, dijo. El soldado de la gran cicatriz se fue acercando a ella con actitud amenazante y le ordenó que subiera al coche. Ella intentó escapar, pero los dos hombres la estaban acorralando. Desesperada, empezó a retroceder hacia el interior del almacén buscando algún lugar seguro. Bajó al sótano y se escondió detrás de una columna. Se escuchaban los pasos cada vez más cerca. De repente el silencio, parecía como si no hubiera nadie allí. De pronto alguien la cogió por detrás , tapándole la boca. ¡La tengo!, gritó uno de ellos. Sara sacó una gumía que llevaba escondida para defenderse y se la clavó en la entrepierna. Se oyó un grito desgarrador. Sara salió corriendo hacia la calle y al pasar junto a una columna, el soldado de la cicatriz la cogió del hombro , cayendo al suelo.  Se echó encima de ella y empezó a levantarle el vestido  mientras se desabrochaba los pantalones. Sara gritaba intentando zafarse de su atacante. De repente se oyó un golpe seco, Hakim le había dado con un madero en la cabeza, abriéndosela.  Ayudó a Sara a levantarse y le dio un abrazo para consolarla. No tenía que haberte dejado sola, le dijo.  En ese momento el soldado herido en la entrepierna se había recuperado y se acercaba a ellos arrastrando la pierna.  Le gritó a Sara  que se fuera hacia el autobús y que no mirara atrás. Te alcanzaré por el camino, le dijo. Si no llego a tiempo no dejes de marcharte en el autobús. Ella no quería, pero él se lo hizo prometer. Se dieron un beso en los labios y ella se marchó con lágrimas en los ojos.

Hubo una pelea encarnizada entre el soldado y Hakim. A pesar de estar este herido, parecía una fiera salvaje al ataque. Este había perdido el arma en el ataque a Sara e intentaba estrangularle. Cayeron al suelo al tropezar con el cuerpo del soldado de la gran cicatriz que yacía sin vida. El otro cogió su pistola y se dispuso a dispararle a bocajarro, pero la agilidad que le habían dado años de artes marciales le ayudó a esquivarle. En el forcejeo la pistola se disparó, sonando como un cañonazo en el interior del almacén abandonado. Empezó a notar un líquido caliente que le empapaba la ropa, pero que provenía del pecho del soldado, era sangre. Como pudo se lo quitó de encima y salió a la calle. Vio a los lejos el autobús que se marchaba, y se alegró por Sara , por lo menos ella estaría bien, aunque aún le quedaría mucho camino por recorrer para poder estar verdaderamente a salvo.  La buscó en todos los lugares por los que pasó, pero nadie supo darle noticias de ella.

Tardó más de un mes en poder llegar a España, en concreto a Alicante, donde por lo menos tenía un lugar donde ir, la casa de su amigo.  No podía olvidar a Sara, no sabía qué habría sido de ella. Ojalá estuviera bien. Rezaba para que así fuera.

Ya en nuestro país , empezó a tramitar todo el papeleo que requiere una situación como la suya , pero le fue imposible, dado el estado de guerra en el suyo,  el poder convalidar su título. Por eso empezó a trabajar en lo que le salía. No quería ser una carga para nadie y necesitaba valerse por si mismo.

En resumen, esa era su historia.

Me  fue imposible seguir comiendo . Cuanto dolor , cuanta injusticia. La situación era casi similar a la ocurrida en la Segunda Guerra Mundial. Millones de desplazados huyendo de una guerra absurda, como en el fondo son todas las guerras. Dejando su país y su vidas atrás, teniendo que partir de cero, saliendo prácticamente con lo puesto y esperando la ayuda de quienes también lo pasaron mal en otras épocas, pero ya no se acuerdan.

Yo le escuchaba con lagrimas en los ojos ,Tenía ante mi a un hombre que había sufrido mucho yque pretendía empezar una nueva vida en España. Poliglota por naturaleza, no tuvo ningún problema con la lengua  porque la dominaba desde niño.  Su facilidad para los idiomas le había abierto  muchas puertas y completó estudios en varias ciudades europeas, entre ellas España.   En su adolescencia su abuelo le había enseñado a trabajar con las manos y a valerse de ellas por si un día lo necesitaba . Aprendió desde reparar un grifo, arreglar un enchufe, alicatar un baño o una cocina, hasta a  hacer andar un coche estropeado.  No sabía entonces lo que eso le iba a ayudar en un futuro. Hay que estar preparado para la vida , le había dicho una y otra vez  su abuelo en las tardes en que le enseñaba todo lo que sabía. Ten estudios , pero nunca olvides que el hombre sube y baja a lo largo de su existencia y lo que ahora nos puede parecer aprender tonterías, un día nos puede dar de comer.  Sus palabras las recordaba ahora con más fuerza que nunca porque lo que le enseñó le estaba permitiendo sobrevivir en el presente. Todas las noches lo tenía en su memoria y le daba las gracias por ello.

Confiaba en que cuando la guerra acabara pudiera regresar a su país, aunque sabía que ese momento todavía tardaría mucho y que cuando lo hiciera encontraría los restos de un mundo que nunca volvería a ser el mismo, aunque él tampoco podría volver a ser el de antes. Ahora simplemente era UN REFUGIADO.

La comida había llegado a su fin y conocer a Hakim y su historia no me había dejado indiferente. Hasta que no conoces de cerca una realidad tan impactante te cuesta empatizar con la situación.  Llevada por la emoción del momento y por mi grado elevado de impulsividad, que a veces me había ayudado y otras me había hecho darme contra la pared, le propuse si quería, no abandonar del todo el mundo del Derecho y empezar a conocer el sistema español. Podría acompañarme cuando quisiera a los juicios , consultar mi biblioteca, y ayudarme a preparar algún caso, si ello no le parecía mal.

No podría pagarle porque ya me costaba bastante poder sacar el despacho adelante yo sola tampoco iba a ser un pasante mío, pero quería darle la oportunidad de volver a implicarse con el mundo jurídico, ese que cuando llevas en la sangre no puedes renunciar ,pase lo que pase, porque el Derecho forma parte de tu esencia.

Hakim me miró con cara sorprendida e inmediatamente sus ojos se iluminaron y una tremenda sonrisa dejó al descubierto unos dientes perlados casi perfectos . Estuvo a punto de darme un abrazo pero se contuvo, yo hice como si no me hubiera dado cuenta. Me dijo que estaría encantado. A veces iba solo al Juzgado simplemente para pasearse por sus pasillos o entrar a algún juicio de oyente, por recordar la sensación. Cuando veía a los colegas con toga se le iban los ojos detrás, pero muchos simplemente le miraban como un árabe que estuviera esperando para un juicio y se hubiera perdido. Tenía ganas de gritar que era un colega más, pero sabía que a nadie le importaría.

Desde el día siguiente empezó a acompañarme al Juzgado cuando no tenía que hacer arreglos o lo combinaba de tal manera que pudiera hacer las dos cosas. Tenía un entusiasmo desbordante, no se parecía en absoluto al hombre de mirada triste que un día vino a hacer una pequeña chapuza en mi despacho. Me ayudaba a preparar los casos , principalmente los de civil, con una mente analítica que me hacía ver detalles que a mi se me escapaban. Nuestro trabajo en equipo cada vez daba más frutos y gracias a él gané un juicio del que no estaba muy segura del resultado. Los meses fueron pasando y Hakim ya era conocido en los Juzgados, los colegas sabían de su situación personal y de su valía y era apoyado por todos. Además colaboraba en una asociación de ayuda a los refugiados y sus conocimientos jurídicos estaban sirviendoles de mucho.  Un despacho de los de postín de la ciudad le ofreció ser colaborador suyo, incluso le pagarían un sueldo .   Me lo comentó una mañana desayunando juntos. Algo así no ocurría todos los días.  Yo no podía hacerle ese ofrecimiento pero sabía que era lo mejor para él. Me alegré de que la cosas le empezaran a ir mejor. Era una oferta que no podía rechazar. Quizás su oportunidad de lanzamiento.

Es todo gracias a ti, me dijo.  Me apoyaste desde que me conociste y ahora no quiero parecer un ingrato. Me devolviste las ganas de luchar y de sentirme útil para los demás. Eso no lo voy a olvidar nunca. Nos dimos un abrazo y le propuse que como despedida fuésemos a pasar un día a Madrid. Podemos coger un tren de ida y vuelta el próximo domingo. Se que sueñas con ir a pasear por el Parque del Retiro, le dije guiñándole un ojo con complicidad. Con una sonrisa aceptó mi invitación.

Bajamos en la estación de Atocha  y nos dispusimos  a coger un taxi para que nos llevara  al parque, que estaba a menos de dos kilómetros, pero en el último momento Hakim prefirió ir andando. Miraba con ojos de niño los grandes edificios y las avenidas tan anchas y limpias y lo que más le llamaba la atención era la tranquilidad con que la gente andaba por la calle. Ahí comprendió que su país estaba a años luz de aquello.  Cuando llegaron al Retiro, el indiscutible pulmón verde de la ciudad, se sorprendió de la cantidad de edificios históricos que lo rodeaban. Le encantó el palacio de cristal junto al estanque.Veía a los padres pasear con sus hijos , otros correteaban a su aire,  otros iban en bicicleta. Cerró los ojos y soñó despierto que su país un día también podría ser así.

Sabía que era un locura haber ido allí, ni siquiera tenía la certeza de que Sara hubiese conseguido llegar a España, pero era una espina que tenía clavada en el corazón y que le atormentaba todas las noches. Al menos tenía que intentarlo. Pasaron todo el día paseando, solo salieron para comer  en un restaurante cercano de la calle Alcalá  y cuando el sol comenzaba a desaparecer detrás de los edificios, iniciaron el camino de regreso a la estación para coger el último tren.

 Cuando estaban parados en un paso cebra , Hakim observó a una chica que estaba a punto de tomar  un  autobús.  Era morena con el pelo largo y ondulado. En ese momento tuvo un presentimiento y un escalofrío recorrió su cuerpo y casi sin pensar grito: ¡Sara!. La chica se paró en seco, se giró y él reconoció esos ojos negros y esa mirada penetrante que tanto recordaba desde que la vio por última vez. La chica se fue acercando poco a poco y él hizo lo mismo, cada vez a un paso más rápido. Cuando estuvieron frente a frente se fundieron en un abrazo. El le susurraba al oído, casi no te había conocido, nunca ví el color de tu pelo.  Estoy en deuda contigo , contestó ella con lágrimas en los ojos.  Yo no quería marcharme sin ti, pero no tuve más remedio .Conté lo sucedido a otros viajeros y me dijeron que callara y subiera al vehículo, que podía ser todo peor.  Gracias a una familia que iba en el autobús y que me hicieron pasar por hermana de la madre pude ir acompañada. El viaje fue tremendamente duro y pasamos muchas penalidades. Desde que llegué a Madrid, no he dejado de venir todos los domingos con la esperanza de encontrarte.  Llegué a pensar que habías muerto en aquel almacén.

 Se miraron a los ojos. En ellos se reflejaba todo lo que habían vivido. Sobraban las palabras. Se cogieron del brazo y vinieron hacia mí. Yo, testigo mudo de ese encuentro  y conocedora de lo que habían pasado, no pude evitar  que se me humedecieran los ojos. Nadie más que ellos comprendían la barbarie de donde venían y nadie más que ellos sabían valorar el futuro que se extendía ante sus pies.

                                              M.ª Carmen Llopis Fabra

                                                          Abogado

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: