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UNA CLIENTE AGRADECIDA

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                                         Capítulo II

                           UNA CLIENTE AGRADECIDA

        Tengo tantas agujetas en las piernas que voy andando como “las muñecas de Famosa”. Lo mío no tiene nombre. O no hago ejercicio o me paso. Disfruto de la naturaleza y cuando puedo hago senderismo con recorridos más o menos largos. Esta vez la intención era la de hacer una ruta suave coincidiendo con la floración de los cerezos en Vall de Laguar, pero no sé yo qué error de orientación he tenido y he acabado en el Barranco del Infierno haciendo parte de la ruta de los 6500 escalones, una de las más duras de la provincia. Sin comentarios…

        Hoy las escaleras del Juzgado me parecen una montaña enorme y voy subiéndolas pasito a pasito aguantando el dolor agudo de mis gemelos. Ya es casualidad que los ascensores no estén operativos.  En ello estaba cuando una voz en grito ha hecho que me detuviera   en el primer piso.

-! Abogá, abogá, qué alegría verla!. ¿ Se acuerda de mí?.

!Soy la Juani, la de las bragas!.

Ante tal claridad de datos he recordado a mi antigua cliente, una joven a la que acusaron de un hurto en un mercadillo y que conseguí que absolvieran tras presentar apelación en la Audiencia Provincial. La chica me regaló seis pares de bragas “para que tuviera para la muda de la semana” ( sería que los domingos me podría librar de usarlas, pensé). Había venido como testigo a un juicio y al verme vino a saludarme porque estaba muy agradecida por librarla de la cárcel.

-Abogá, la he visto como escocía, me dijo. Tiene que llevar una flor de cardo cerca del cuerpo y verá qué bien le va.

– No Juani, agradezco tu consejo pero lo que tengo son agujetas, le dije riendo.

-Pues entonces tome limón con azúcar, mano de santo.

-¿ Verdad que mis bragas eran buenas? Qué pena que no haya traído y así le regalaba unas cuantas más.

Le dije que no hacía falta y nos despedimos siguiendo cada una su camino. Como para contarle que las bragas tipo cuello vuelto que me regaló, de algodón blanco, le venían grandes hasta a mi madre y acabaron como paños para limpiar cristales, pero eso no se lo podía decir a quien con tanto cariño me las había regalado. Esas bragas gigantes me recordaron que el agradecimiento se podía mostrar de las formas más sencillas.

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